Diario de Alonso
Tras la historia que el cabrero nos contó sobre Leandra me propuse ayudarle a sacarla de aquel monasterio. Él le preguntó al barbero quién era yo y este le dijo que era el famoso don Quijote de la Mancha. El cabrero simplemente respondió con una burla hacia mi persona, lo que me provocó un gran enfado. Le insulté y le lancé un pedazo de pan a la cara. Este se acercó a mí y me agarró por el cuello. Sancho tuvo que venir a defenderme, si no estrangulado y muerto me hallaría en el suelo ahora.
En medio de la pelea de Sancho con aquel cabrero se oye el son de una trompeta y les pido que hagan las paces, ya que aquella trompeta me llamaba a una nueva aventura. A lo lejos se veían unos hombres malvados que llevaban a una mujer contra su voluntad. Trataba de ir en su rescate pero muchos fueron los que trataban de detenerme. Cuando logré acercarme a los malvados hombres les exijo que liberen a la pobre mujer. Ellos empezaron a reírse, lo que aumentó mi ira, por lo que me lanzo a atacarlos, pero uno de ellos me ataca sin que yo lograra defenderme y recibo un golpe en el hombro. Caí al suelo malherido y agotado, lo que hizo que estos hombres se alejaran y Sancho se acercara, creyendo que yo había muerto.
Los gemidos de lástima de Sancho me hicieron reaccionar y le dije que me pusiera en el carro encantado ya que no tenía fuerzas para montar en Rocinante.
Después de seis días de viaje llegamos al pueblo un domingo al mediodía y toda la gente rodeaba el carro y me observaban tumbado sobre un montón de heno.
Más tarde, cuando llegué a mi hogar, mi ama y mi sobrina preparan mi lecho.
Fuente de la imagen: insulacervantes.wordpress.com
Diario de Sancho Panza
He salvado a Don Quijote del disciplinante que no paraba de golpearle, y he tenido que decirle que solo era un pobre caballero.
Don Quijote siempre iba por delante de mí y yo intento seguirle, por detrás de él, soltando gemidos de lo sofocado que iba, no podía casi continuar el viaje.
Mis gemidos despiertan a Don Quijote y me pide que que lo ponga sobre el carro encantado, porque ya no tiene fuerzas para montarse en Rocinante.
Decidimos volver a la aldea, y entre el cura, el barbero y yo llevamos a Don Quijote en el carro.
Un domingo al mediodía llegamos al pueblo, tras un viaje de 6 días. Llega a la plaza mi mujer para preguntarme que qué le he traído, y le respondo, que no le traigo ropa, ni zapatos a los niños, pero les traigo cosas de más momento y consideración, y que pronto seré el gobernador de una ínsula. Mi mujer no entiende nada, y le digo que se calle, que no quiera saber las cosas tan deprisa, y que la cosa más gustosa en el mundo es ser el escudero de un caballero andante buscador de aventuras.
Fuente de la imagen: http://dept.sfcollege.edu
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