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jueves, 2 de junio de 2016

CAPITULO 18, PARTE 1

DIARIO DE ALONSO 
Hoy, pasada estancia en el castillo encantado, seguimos nuestra andadura. Mientras proseguimos nuestro camino yo le comentaba a Sancho sobre aquellos fantasmas que había visto y que a él lo volteaban, él incansablemente me negaba mis argumentos y decía que todo aquello era imaginación mía ¡Ni que estuviera loco! Para él eran hombres de carne y hueso y no fantasmas sin huesos. Parecía que esta conversación sería inacabable, cuando de repente divisé a lo lejos una polvareda. Tenía clarísimo que eran dos ejércitos y que yo tenía que ayudar a uno de ellos. Entonces decidimos Sancho y yo subir a la colina para divisar el terreno. A lo lejos veía como estaban luchando los bandos del emperador Alifanfarón, señor de la grande isla Trapobana, a quien yo defendía contra el rey de los garamantas, Pentapolín del Arremangado Brazo. En ese momento, me dispuse a subir en Rocinante y con mi escudo en el brazo bajé la colina  como un rayo para luchar contra el otro ejército. Mientras bajaba Sancho me gritaba a voz alzada "¡Vuélvase vuestra merced, señor don Quijote, que voto a Dios que son carneros y ovejas las que va a embestir!”. Sancho estaba loco, ¿cómo iban a ser rebaños de ovejas si yo con mis propios ojos vi a cientos de soldados luchando unos contra otros? Este Sancho….Cuando estaba ya dispuesto a luchar en el campo de batalla me llovieron golpes como si fueran espadazos, me sentí débil y le metí un fuerte trago al bálsamo; en ese instante, recibí otro golpe, que me dejó inconsciente y  ya solo recuerdo el despertar que tuve dolorido al lado de Sancho. Me miró los dientes porque no sentía ninguno. Al rato, Sancho, después de haber predicado sus plegarias, decidió comer pero se había dejado las alforjas en el castillo encantado, entonces, nos dispusimos a buscar cobijo desde el cual estoy escribiendo y me dispongo  acabar en el mismo momento en el que me quede dormido pensando en los gigantes, Dulcinea y todos los hechos que había visto en mi largo camino.

DIARIO DE SANCHO


Menudo día me ha dado el señor mío….Después de haber estado en la venta, haciéndole creer que no era un castillo ni que había fantasmas, voy yo y sin quererlo me pongo malo con el bálsamo dichoso. Este hombre… ¡Esta loco!
Al salir de esta, unos hombres malditos, me han volteado y han hecho que me maree y que mi señor se creyera que eran los fantasmas. ¡Maldito el día en el que me uní en su aventura! Anduvimos largo rato, él contándome sus imaginaciones y yo dolorido por ese bálsamo.
Al momento el señor mío divisa a lo lejos una gran polvareda que viene por un lado y otra que viene por otro, los dos nos quedamos impresionados al ver tan gran estruendo y pensamos que de una lucha se trata, pues había dos bandos y gran polvareda soltaba. Don Quijote decide subir al alto de la colina para poder admirar mejor aquel momento pues, estaba tan emocionado como un niño pequeño. Y al subir ¡qué me encuentro! que en lugar de ser grandes guerreros, son millones de pastores y carneros, pero en lugar de eso el señor mío sigue pensando que son soldados y que tiene que ir para ayudarlos. A lo que  me doy cuenta, ya estaba cabalgando a Rocinante camino de los carneros, con escudo en mano y mirada al frente. ¡Pobre hombre…! Maldigo a los  libros de caballerías, que han absorbido a mi pobre señor. Después de que se levantara la polvareda y gritara para que no fuera, lo pude ver en el suelo con chichones por las piedras que los pastores le habían tirado por miedo a ser asesinados por un loco con caballo. ¡Ay Quijote… que desgracia de hombre...!
          Cuando bajé a su rescate, vi que de su boca, un líquido rojo salía, creía que era sangre,             pero era el bálsamo dichoso que en mi ropa caía. ¡A Dios puse por testigo que nunca              volvería aventurarme en viajes complejos, pues me canso y paso más hambre que mi                 asno! Después de este hecho, continuamos nuestra andadura, hasta llegar a otra venta 




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