DIARIO DE ALONSO
Hoy, pasada estancia en el castillo encantado, seguimos nuestra
andadura. Mientras proseguimos nuestro camino yo le comentaba a Sancho sobre aquellos
fantasmas que había visto y que a él lo volteaban, él incansablemente me negaba
mis argumentos y decía que todo aquello era imaginación mía ¡Ni que estuviera
loco! Para él eran hombres de carne y hueso y no fantasmas sin huesos. Parecía
que esta conversación sería inacabable, cuando de repente divisé a lo lejos una
polvareda. Tenía clarísimo que eran dos ejércitos y que yo tenía que ayudar a
uno de ellos. Entonces decidimos Sancho y yo subir a la colina para divisar el
terreno. A lo lejos veía como estaban luchando los bandos del emperador
Alifanfarón, señor de la grande isla Trapobana, a quien yo defendía contra el
rey de los garamantas, Pentapolín del Arremangado Brazo. En ese momento, me
dispuse a subir en Rocinante y con mi escudo en el brazo bajé la colina
como un rayo para luchar contra el otro ejército. Mientras bajaba Sancho
me gritaba a voz alzada "¡Vuélvase vuestra merced, señor don Quijote,
que voto a Dios que son carneros y ovejas las que va a embestir!”. Sancho
estaba loco, ¿cómo iban a ser rebaños de ovejas si yo con mis propios ojos vi a
cientos de soldados luchando unos contra otros? Este Sancho….Cuando estaba ya
dispuesto a luchar en el campo de batalla me llovieron golpes como si fueran
espadazos, me sentí débil y le metí un fuerte trago al bálsamo; en ese
instante, recibí otro golpe, que me dejó inconsciente y ya solo recuerdo
el despertar que tuve dolorido al lado de Sancho. Me miró los dientes porque no
sentía ninguno. Al rato, Sancho, después de haber predicado sus plegarias,
decidió comer pero se había dejado las alforjas en el castillo encantado,
entonces, nos dispusimos a buscar cobijo desde el cual estoy escribiendo y me
dispongo acabar en el mismo momento en el que me quede dormido pensando
en los gigantes, Dulcinea y todos los hechos que había visto en mi largo
camino.
DIARIO DE SANCHO
Menudo día me ha dado el señor mío….Después de haber estado en la
venta, haciéndole creer que no era un castillo ni que había fantasmas, voy yo y
sin quererlo me pongo malo con el bálsamo dichoso. Este hombre… ¡Esta loco!
Al salir
de esta, unos hombres malditos, me han volteado y han hecho que me maree y que
mi señor se creyera que eran los fantasmas. ¡Maldito el día en el que me uní en
su aventura! Anduvimos largo rato, él contándome sus imaginaciones y yo
dolorido por ese bálsamo.
Al momento el señor mío divisa a lo lejos una gran polvareda que
viene por un lado y otra que viene por otro, los dos nos quedamos impresionados
al ver tan gran estruendo y pensamos que de una lucha se trata, pues había dos
bandos y gran polvareda soltaba. Don Quijote decide subir al alto de la colina
para poder admirar mejor aquel momento pues, estaba tan emocionado como un niño
pequeño. Y al subir ¡qué me encuentro! que en lugar de ser grandes guerreros,
son millones de pastores y carneros, pero en lugar de eso el señor mío sigue
pensando que son soldados y que tiene que ir para ayudarlos. A lo que me doy cuenta, ya estaba cabalgando a
Rocinante camino de los carneros, con escudo en mano y mirada al frente. ¡Pobre
hombre…! Maldigo a los libros de caballerías, que han absorbido a mi pobre
señor. Después de que se levantara la polvareda y gritara para que no fuera, lo
pude ver en el suelo con chichones por las piedras que los pastores le habían
tirado por miedo a ser asesinados por un loco con caballo. ¡Ay Quijote… que
desgracia de hombre...!
Cuando
bajé a su rescate, vi que de su boca, un líquido rojo salía, creía que era
sangre, pero era el bálsamo dichoso que en mi ropa caía. ¡A Dios puse por
testigo que nunca volvería aventurarme en viajes complejos, pues me canso y
paso más hambre que mi asno! Después de este hecho, continuamos nuestra
andadura, hasta llegar a otra venta
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